¡¡¡Queremos leer a Stephen King, no al traductor!!!

Así que hartos de que los traductores se tomen la libertad de cambiar el relato que estamos leyendo, y en vista de que las editoriales no toman medidas al respecto, seremos nosotros los que las tomemos. Aqui teneis los estudios que diversos amigos hemos hecho sobre estas traducciones, y con el tiempo y vuestra ayuda, esperamos ir ampliandolos para conseguir que de una vez por todas las editoriales hagan lo que tienen que hacer: Publicar libros escritos por King, y no "reescritos" por el traductor.

Aqui estan las comparaciones realizadas, el autor de las mismas y donde han sido publicadas inicialmente.

Black House" --- krlos
"El Cazador de Sueños" --- krlos
"On Writing" --- krlos
"The Girl Who Loved Tom Gordon" --- Luis Braun --- INSOMNIA 40
"The Dark Tower IV" --- Luis Braun --- INSOMNIA 18
"Big Wheels: A tale of the Laundry Game (Milkman #2)" --- Metalian  --- INSOMNIA 24
"Big Wheels: A tale of the Laundry Game (Milkman #2) Segunda parte" --- Metalian --- INSOMNIA 10


"The Fifth Quarter" --- Realizado Por Metalian --- Publicada en INSOMNIA 10

Tengo dos noticias que daros, una buena y otra mala; comenzaré por la mala (je... je... je). Bien, allá vamos. De nuevo he encontrado un mismo relato de King traducido por personas diferentes; una vez más, intentando dilucidar si estamos o no leyendo a King, lo he comparado: El Quinto Fragmento, encontrado por un lado en Pesadillas y Alucinaciones, y por otro en el libro de antología de relatos Horror 2. Una vez más nos encontramos con diferencias inexplicables en la traducción del mismo. Esta vez he incluido un poco más del texto, intentando que se vea claramente lo que los traductores hacen con los textos originales.

¿Cuál es la traducción correcta?. Volvemos a necesitar la versión original para poder atestiguar cual de las traducciones es la buena. Si es que alguna de las dos lo es.

Ahora, como no, la buena noticia. He comparado las traducciones de Rabia y La Larga Marcha, versiones de la Editorial Martínez Roca, con las versiones en inglés de la New English Library. ¡Bien por el traductor! El señor Hernán Sabaté (debería traducir más libros de King) es quien ha traducido estos libros y por suerte para nosotros, acertadamente, desde el punto de vista de un traductor-por-hobby-no-profesional.

En esta ocasión SI hemos estado leyendo a Stephen King. He aquí las pruebas de la primera noticia:

 


Ejemplo 1

Libro: Horror 2 (Los relatos de Twilight Zone)
Libro original: Anthology of stories from "The Twilight Zone Magazine"
Editorial: Martínez Roca
Traducción: Joseph M. Apfelbäume, Jordi Beltrán, Eduardo Goligorsky César Terrón, Jordi Fibla (¿lo recordáis?)
Relato: "El quinto fragmento"
Relato original: "The fifth quarter"

Estacioné el cacharro en la esquina de la casa de Keenan, permanecí un momento sentado en la oscuridad y luego paré el motor y bajé del coche. Al cerrar la portezuela, pude oír el ruido de la herrumbre que se desprendía de los largueros y caía al suelo. Aquello no podría seguir así por mucho más tiempo.

Notaba la dureza del arma contra mi pecho al caminar. Era un Colt 45, el Colt de Barney. Serviría para la faena y, además, daba a todo el asunto un sentido de cruda justicia.

La casa de Keenan era una monstruosidad arquitectónica que se extendía sobre medio acre de terreno, llena de ángulos inclinados y tejados de pendiente pronunciada tras una valla de hierro. Tal y como esperaba, la puerta de la valla estaba abierta. El sargento se presentaría más tarde.

Me dirigí al camino de acceso, sin apartarme de los arbustos, y agucé el oído para distinguir cualquier sonido extraño por encima del lamento cortante del viento de enero. No se oía nada. Era la noche del jueves, y la criada de Keenan debía de estar fuera, pasándolo bien en alguna fiesta aburrida. No habría nadie más que aquel cabrón de Keenan, esperando al sargento, esperándome...

El garaje estaba abierto y entré allí. Descollaba la sombra de ébano del Impala de Keenan. Comprobé si se abría la portezuela trasera: estaba abierta. Subí al vehículo, me senté y esperé.
Ahora se oía un ligero sonido de música, un jazz muy sosegado, muy bueno, quizá Miles Davis. Imaginé a Keenan escuchando a Miles Davis y con un gin fizz en su mano delicada. Bonita escena.
Fue una larga espera. Las manecillas de mi reloj pasaron de las ocho y media a las nueve y media, y siguieron avanzando hasta las diez.

Se podía pensar mucho durante ese tiempo, y pensé en Barney y en el aspecto que tenía en el botecillo, cuando lo encontré la tarde de aquel día, el verano pasado, mirándome fijamente y emitiendo unos ruidos semejantes a graznidos, sin ningún sentido. Había navegado a la deriva durante dos días y parecía una langosta hervida. Tenía sangre negra coagulada de un lado a otro del abdomen, donde le habían alcanzado los disparos.

Dirigió el bote hacia la casita de campo lo mejor que pudo. A pesar de todo había habido suerte. Sí, fue una suerte que hubiera llegado hasta allí y que pudiera hablar todavía un poco. Yo tenía preparado un puñado de somníferos, por si no podía hablar, porque no quería que sufriera... a menos que pudiera decirme algo.

Y lo hizo. Me lo contó casi todo.

Cuando murió, regresé al bote y cogí su Colt 45, que estaba escondido en la popa, en un pequeño compartimento, envuelto en una bolsa de plástico. Luego remolqué su bote hasta el mar abierto y lo hundí. Si hubiera podido poner un epitafio en el lugar del bosque de pinos donde lo enterré, habría sido el de Barnum: "A cada minuto nace uno". En vez de hacer eso, me fui a averiguar algo sobre los hombres que lo habían despachado. Tarde seis meses en obtener información de dos de ellos, y allí estaba yo.

A las diez, una veintena de reflectores iluminaron el camino curvo, y la luz llegó al suelo del Impala. El hombre entró en el garaje y estacionó su coche al lado del de Keenan. Por el sonido supe que era un Volkswagen. El motorcillo se detuvo y pude oír al sargento soltar un ligero gruñido al bajar del pequeño vehículo. La música de arriba seguía sonando, y me llegó el sonido maléfico de la puerta lateral al abrirse.

-¡Sargento! -Era la voz de Keenan-. ¡Te has retrasado! Anda, pasa y toma un trago.

- Que sea escocés.

Antes ya había bajado la ventanilla, y ahora asomé por ella el 45 de Barney, sujetando la culata con ambas manos.

-Quietos ahí -les dije.

El sargento estaba a la mitad de los escalones de cemento y Keenan le miraba desde arriba. Ambos presentaban unas siluetas perfectas a la luz que penetraba desde el interior. Dudaba de que pudieran verme en la oscuridad, pero podían ver el arma, que era grande.

-¿Quién diablos eres? -preguntó Keenan.

-Flip Wilson -respondí-. Un movimiento y estás muerto. Te haré un agujero lo bastante grande como para que quepa un televisor en él.

-Pareces un crío -dijo el sargento, sin atreverse a hacer el más mínimo movimiento.

-No os mováis. De eso es de lo único que tenéis que preocuparos.- Abrí la portezuela trasera del Impala y bajé con cuidado. El sargento me miraba por encima del hombro, y podía ver el brillo de sus ojuelos. Tenía una mano posada como una araña en la solapa de su traje con chaqueta cruzada, modelo de 1943.

-Arriba las manos -El sargento obedeció. Keenan, por instinto, ya las había levantado.-Bajad los dos al pie de la escalera.-Bajaron y al resplandor de la luz directa pude ver sus rostros. Keenan parecía asustado, pero el sargento estaba del todo sereno. Probablemente era él quien se había cargado a Barney.

-De cara a la pared -les ordené-. Los dos.

-Si buscas dinero...

Me eché a reír. Era un sonido como de ladrillos vítreos fríos raspados para sacarlos de un horno.

-Sí, eso es lo que busco. Ciento ochenta mil dólares, enterrados en un islote llamado Carmen's Folly, delante de Bar Harbor.

Keenan se convulsionó como si hubiera recibido un disparo, pero ni un solo músculo se movió en la cara de cemento armado del sargento, el cual se volvió y apoyó las manos en la pared, descargando todo su peso en ellas. Keenan le imitó, a regañadientes. Le registré a él primero y encontré un bonito y pequeño revólver del calibre 32, con incrustaciones de latón en la culata. Lo arrojé por encima de mi hombro y lo oí rebotar en uno de los coches. El sargento estaba desarmado..., y me sentí aliviado al apartarme de él.

-Vamos a entrar en la casa. Tú primero, Keenan, luego el sargento y después yo. Sin ningún movimiento raro, ¿de acuerdo?

 


Ejemplo 2

Libro: Pesadillas y alucinaciones
Libro original: Nightmares and dreamscapes
Editorial: Grijalbo
Traducción: Bettina Blanch
Relato: "El quinto fragmento"
Relato original: "The fifth quarter"

Aparqué el trasto a la vuelta de la esquina de la casa de Keenan, me quedé sentado unos instantes en la oscuridad, apagué el motor y por fin salí del coche. Al cerrar la puerta de golpe, oí que virutas de óxido se desprendían del bólido y caían a la calle. La cosa no seguiría así mucho tiempo.

Llevaba el arma en una funda con cartuchera que me apretaba las costillas como si fuera un puño. Era la 45 de Barney, lo que me alegraba, porque confería a toda aquella locura un toque de ironía. Tal vez incluso cierto sentido de justicia.

La casa de Keenan era una aberración arquitectónica esparcida sobre mil metros cuadrados de terreno; un monstruo de ángulos torcidos y tejados empinados que se alzaba tras una verja de hierro. Había dejado la puerta abierta, tal como había esperado. Un rato antes lo había visto hacer una llamada desde el salón, y una intuición demasiado poderosa como para ignorarla me había dicho que había llamado a Jagger o bien al Sargento. Probablemente al Sargento. La espera había tocado a su fin; aquélla era mi noche.

Me dirigí al sendero de entrada sin apartarme de los arbustos y alerta a cualquier sonido que pudiera percibir por encima del penetrante aullido del viento de enero. No se oía sonido alguno. Era viernes por la noche, y la criada fija de Keenan estaría pasándoselo en grande en alguna reunión de Tupperware. No había nadie en casa aparte del hijo de perra de Keenan. Esperando al Sargento. Esperándome a mí..., aunque todavía no lo sabía.

La puerta del garaje estaba abierta, así que me deslicé al interior. La sombra negra del Impala de Keenan relucía en la oscuridad. Intenté abrir la puerta trasera. E1 coche no estaba cerrado con llave. Keenan no estaba hecho para ser un villano, me dije; era demasiado confiado. Subí al coche y esperé.

Me llegaban a los oídos las lejanas notas de música de Jazz por encima del viento; muy débiles, muy buenas. Miles Davis, quizás. Keenan escuchando a Miles Davis y sosteniendo un gin fizz en una de sus cuidadas manos. Qué bien.

Fue una larga espera. Las manecillas de mi reloj se arrastraron de las ocho y media a las nueve y luego a las diez. Mucho tiempo para pensar. Pensé sobre todo en Barney, y no precisamente por elección propia. Pensé en el aspecto que tenía en aquella pequeña barca en la que lo encontré, en el modo en que me miraba mientras de sus labios brotaba una serie de sonidos inarticulados. Había navegado a la deriva durante dos días y parecía una langosta hervida. Tenía una mancha de sangre reseca en el estómago, donde le habían disparado.

Había intentado dirigir la barca hacia la casita como había podido, pero lo cierto era que había sido cuestión de suerte. Y también había sido cuestión de suerte que pudiera hablar durante un rato. Yo llevaba un puñado de somníferos preparado para el caso de que no pudiera. No quería que sufriera. A no ser que hubiera una razón para ello. Y resultó que sí la había. Barney tenía una historia que contar, una auténtica bomba, y me la contó casi entera.

Cuando murió, regresé a la barca y cogí su 45. Estaba escondido en un pequeño compartimento de popa, envuelta en una bolsa impermeable. Remolqué la barca mar adentro y la hundí. Si hubiera podido escribir un epitafio sobre su cabeza, habría escrito uno sobre el hecho de que nace un desgraciado cada minuto. Y la mayoría son tipos muy majos, estoy seguro... Como Barney. En lugar de hacer eso, me puse a buscar a los tipos que se habían cargado a Barney. Había tardado seis meses en encontrar a Keenan y averiguar que al menos el Sargento andaba cerca, pero la verdad es que soy muy perseverante, de modo que ahí estaba.

A las diez y veinte, unos faros bañaron el sinuoso sendero de entrada; me tumbé en el suelo del Impala. El recién llegado entró en el garaje y aparcó junto al coche de Keenan. Parecía un Volkswagen antiguo. El pequeño motor se apagó y oí al Sargento gruñir mientras pugnaba por salir del diminuto vehículo. Se encendió la luz del porche y me llegó el sonido de la puerta al abrirse.

KEENAN: ¡Sargento! ¡Llegas tarde! Entra y tómate una copa.

SARGENTO: Whisky.

Había bajado la ventanilla del coche al llegar. En aquel instante asomé la 45 de Barney, sujetándola con ambas manos.

-Quietos -dije.

El Sargento estaba en la escalinata del porche. Keenan, el perfecto anfitrión, había salido y lo miraba desde arriba, esperando a que acabara de subir para dejarlo entrar en la casa. Ambos eran siluetas perfectas bajo la luz que llegaba desde el interior de la casa. No creía que pudieran verme, pero sí veían el arma. Era un revólver muy grande.

-¿Quién coño eres tú? -exclamó Keenan.

-Jerry Tarkanian -me presenté-. Si dais un solo paso os hago un agujero tal que se podrá ver la televisión a través.

-Me parece que eres un niñato de mierda -comentó el Sargento, si bien no se movió.

- Simplemente, estaos quietos. Eso es lo único que debe preocuparos.

Abrí la puerta trasera del Impala y salí con cuidado E1 Sargento me miraba por encima del hombro, y pese a la oscuridad distinguí el brillo de sus ojillos. Estaba deslizando una mano por la solapa de su traje cruzado modelo de 1943.

-Vamos, por favor -insistí-. ¿Quieres levantar los brazos, joder?

E1 Sargento obedeció. Keenan ya se le había adelantado.

-Bajad al pie de la escalinata. Los dos.

Los dos hombres bajaron, y una vez salieron del haz directo de luz pude verles los rostros. Keenan parecía asustado, pero el Sargento tenia el mismo aspecto que si estuviera escuchando una conferencia sobre el Zen y el mantenimiento de las motocicletas. Con toda probabilidad, era el que se había encargado de Barney.

-Volveos hacia la pared y apoyaos contra ella. Los dos.

-Si quieres dinero... -empezó Keenan.

-Bueno -repuse con una carcajada-. Iba a empezar por ofrecerte un precio especial por la compra de unos Tupperware y luego ir subiendo lentamente hasta llegar al premio gordo, pero veo que me has pillado. Sí, quiero dinero. Cuatrocientos ochenta mil dólares, para ser exactos. Enterrados en una pequeña lsla situada frente a Bar Harbor que se llama Carmen's Folly.

Keenan dio un respingo como si le hubieran disparado, pero el rostro pétreo del Sargento ni se inmutó. Se volvió hacia la pared y apoyó las manos contra ella. Keenan lo imitó a regañadientes. Lo cacheé primero a é1, y encontré un ridículo 32 con un cañón de seis centímetros. Con un arma como ésa uno podía apoyar el cañón contra la cabeza de un tipo y aún así fallar al apretar el gatillo. Arroje la pistolita por encima del hombro y la oí rebotar contra uno de los coches. El Sargento estaba limpio... y la verdad es que fue un alivio apartarse de él.

-Vamos a entrar en la casa. Tú primero, Keenan, luego el Sargento y luego yo. Sin trucos, ¿vale?

 


 

Conclusiones

Es increíble, hay casos que son para "tirarse de los pelos", no coinciden ni en la cantidad de dinero. Fijaos también en la parte final de cada uno de los textos; ¡Es inadmisible!; líneas que faltan, ... o sobran..., depende de cual sea la traducción acertada. No entiendo nada, ¿Cómo es posible que dos traducciones de un mismo texto puedan tener tantas diferencias?. Alguien debería responder esta pregunta... ¿No creen?. ¡Qué le vamos a hacer!

Después de haber comparado algunas traducciones, he llegado a la conclusión de que el problema de las mismas se produce en los relatos cortos, pues las comparaciones de las novelas mencionadas en la buena noticia, han sido satisfactorias. Creo que en algunos casos los traductores se toman demasiadas licencias a la hora de traducir un texto.

Seguiremos investigando e informando.
¡Un saludo y hasta pronto!...¡Larga vida al Rey!...

Metalian
Publicado originariamente en INSOMNIA 10


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